lunes, 2 de julio de 2007

La que he liado

¡Actualización de emergencia (y aburrimiento)! No se recomienda la lectura de la siguiente vivencia novelizada xD

Puedo decir que ahora sí, definitivamente, creo en la Teoría del Caos. Un tipo estúpido se olvida las llaves en su piso de Pucela y al poco tiempo una mujer algo senil despierta asustada en medio de una isla perdida en Finlandia. Así, como suena, pura y dura Teoría del Caos aplicada a la vida cotidiana, sin tanta mariposa remolona. Perdón por la chorrada, pero tengo que contarla... Digamos que es muy Mundomelón.

Hoy tenía la mente algo dispersa por distintas razones y, al salir de casa en mi camino hacia el estudio nocturno en el aulario de Valladolid, me he dejado las llaves dentro. Oh, horrores, ninguno de mis compañeros me puede ayudar, porque uno ya no tiene llaves y el otro está a dos horas en coche, aparte de borracho en las fiestas del patrón de su ciudad. ¿Solución? Llamar al casero, ese tipo bajito, calvo, extrañamente cordial y, en síntesis, terriblemente peculiar. Por fortuna me descuelga y en menos de un minuto, amablemente accede a acercarse al piso, a eso de las 00:00h, a abrirme la puerta. Espero aburrido en el bordillo, mirando goloso unos cartones que bien podrían haberme solucionado el percance en unos soportales sin tener que pedir ayuda a nadie. Llega por fin, con bastante retraso, en su Seat León amarillo tunning y con su andar chulesco me saluda y accedemos al portal. Tres pisos de mini-ascensor más tarde, bien apretujados porque el hombre delgado no es, llegamos a la terrible puerta. Oh, misterio, el casero tiene todas las llaves menos la de arriba. Dice que la ha debido extraviar por alguna mochila. ¿Se puede ser tan melón de no mirar el llavero antes de salir de tu casa? Bueno, sí, se puede ser más melón; yo de hecho me había dejado todas.

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Aquí digamos que comienza la parte más terrible de mi vivencia, esta que ahora os cuento. Esa parte en la que, haciendo honor al nombre de mi blog, he pasado más apuros. El casero ha decidido que, como él vive muy lejos para volver a buscar, lo mejor es acercarse a casa de su tía, que también tiene un juego de llaves de mi piso. Para ocasiones como esta, comenta algo menos animado. No sé donde vivirá él, pero su tía está en el mismo fin del mundo. Dentro de su coche para acompañarle, se han ido sucediendo unos minutos angustiosos de conversaciones ridículas y un claro cambio en el gesto del casero, ya que se estaba acercando la una de la madrugada y él se ha de levantar muy temprano. Entre disculpa por aquí, lo siento de verás por allá, es la primera vez que me pasa -falso- y demás lamentos que se me ocurrían, llegamos por fin a casa de su anciana tía. La guasa está en que la señora está pegándose una segunda juventud en Finlandia, donde se encuentra de vacaciones en una isla perdida, dentro de una cabaña y disfrutando de auroras boreales. Bueno, me dice, no te preocupes, seguro que las encuentro enseguida.

Espero en el coche, aparcado en doble fila y con La Cadena Ser a todo trapo hablando del Real Madrid, mientras pasan los minutos y allí no aparece ni el tato. Tonteo con la idea de escapar conduciendo, ya que está el contacto dado para poner las luces de emergencia, pero en seguida recuerdo que no tengo carné. No hay escapatoria posible. Media hora de reloj más tarde, mi ya amigo y casero regresa al fin, maldiciendo y mirándome con ganas de matarme allí mismo. Yo pongo mi mejor cara de corderito degollado (hay que practicar, pero acaba saliendo) y le pregunto con toda la inocencia del mundo: ¿Las has encontrado?

Supongo que se la tomó como retórica, porque no respondió a la pregunta. Muy al contrario, se queda mirando al infinito en el asiento del conductor, mientras yo decido imitarle en un gesto solemne y que ahora me parece de lo más imbécil. No sé cuanto tiempo hemos pasado así, pero he entrado en trance por unos instantes. De pronto, el casero ha reaccionado, volviendo al mundo de los vivos, sacando el móvil y marcando un número. Gracias a que su aparato era antiguo y tenía el volumen muy alto, he podido escuchar la conversación entera. Estaba llamando a su tía la de Finlandia, que ha cogido el teléfono completamente desorientada y sin saber qué pasaba. Mi pobre tía, me cuenta más tarde, está algo ida, y no se entera de la misa la mitad. Por fortuna, se pone finalmente en situación, y comenta a su querido sobrino donde buscar las llaves. Vuelta él para arriba y vuelta yo a mi espera, aturdido y sin saber ya como disculparme por toda la que estoy liando. Diez minutos más tarde regresa, por fin, con la anhelada llave, comentando, ya más alegre, que su tía estaba de viaje, que la hemos despertado y que tiene la casa llena de mierda. Ah, acierto a decir entre murmullos, y arranca a toda leche.

Por fin, y voy a intentar resumir lo que queda, llegamos de nuevo a la puerta, yo apurado como un imbécil y el casero sacando pecho por salvarme al fin del embrollo. Para mi sorpresa, por suerte la última, antes de abrir, saca de no se sabe donde una botella de agua vacía y partida por la mitad, diciendo que va a enseñarme a abrir cerraduras por si me vuelve a suceder. El famoso método de la botella de gaseosa, o algo así, que por lo visto es usado por cerrajeros para luego cobrarte 80 Euros. A mi que me registren, no tenía ni idea, y por lo visto el casero tampoco, porque tras varios intentos forzando el cierre de la puerta con la botella, desiste. Sin perder la compostura, muy digno él me abre, le doy mil veces las gracias haciendo casi reverencias y me despido. Ha sido una hora y media de lo más extraña y, sobre todo, imprevista.
Joder, nunca sabes que va a depararte cada día. Me encanta, para bien o para mal...

1 comentario:

Elía dijo...

Ya sabes la moraleja de la historia, ¿no?
Hay que sacarse el carnet de conducir XD